lunes, 22 de septiembre de 2014

Transgénesis

En ocasiones quisiera ver lo que ve la gente. O mejor dicho, lo que interpreta la gente de lo que está viendo, pues la realidad es una misma para todos pero pasa por el prisma de nuestras subjetividadades. No me conformo con que me cuenten sus apreciaciones, quiero ver esas instantáneas vírgenes por mí misma. Sin embargo no creo poder satisfacer mi deseo por mucho que lo intente, tendría que estar dentro de otros ojos para sentirme complacida, y hasta el momento solo puedo recurrir a la imaginación. Entonces me surgió la idea de recrear semejante experiencia en un cuento que espero lo disfruten.



Transgénesis
El aventurero encontró en aquel paraje perdido y sin nombre los ojos más lindos del mundo. En ellos, un agudo trazo negro, interrumpido por pestañas erizadas, delineaba los contornos y dibujaba una forma perfecta nunca antes vista. No eran achinados, negroides, ni caucásicos.  Tenían el color del agua cuando la sostienes en las manos y en el centro, un agujero negro. El aventurero, atraído por la fuerza gravitacional que desprendía aquel círculo giratorio cruzó la frontera de los formalismos y las presentaciones y trató de tocar a esos ojos que captaron su atención y despertaron el frenético deseo de poseerlos desde el momento exacto en que se cruzaron en su ángulo visual.
Mientras más se acercaba menos podía dejar de mirarlos, sentía que los suyos querían escapar del rostro para ser absorbidos por aquel misterio. Sintió miedo al verse incapacitado de poder controlar sus movimientos y mirar abajo, arriba, a un lado. -Qué fenómeno tan extraño- pensaba. Su temor aumentó al no verse reflejado en el iris de enfrente, y con ello la decepción, un golpe de knock-out directo al ego, pues en este mundo de apariencias, aparentemente él no existía ante los ojos del otro. 

Sin darse cuenta el agujero habíase vuelto enorme, tan enorme que cabía completo dentro de él. Al fin pudo mover la cabeza en otra dirección, y un pie, y el dorso. Dio un giro de 120º y a sus espaldas una ventana circular. Quiso correr hasta ella y escapar, pero otra vez la fuerza inexplicable de hace un rato lo conducía en sentido contrario. Se deslizaba entonces dentro de aquella singularidad desnuda de materia que minutos antes consideraba una pupila extraordinaria. Todo estaba oscuro. El aventurero no comprendía cómo hasta la luz era tragada por aquel vacío. De vez en cuando explotaban a su lado impulsos eléctricos que le permitían visualizar su silueta y descartar la idea de haberse hecho etéreo. Ignoraba si el tiempo transcurría o estaba detenido, solo sentía el movimiento hacia alguna parte atraído por un campo magnético o algo por el estilo. Comenzaba a disfrutar la incertidumbre, al final, la esencia de su vida había sido desafiarla constantemente.
Otra explosión. Aprovechó para mirar. Esta vez le pareció haber captado una imagen. Tanta oscuridad comienza a afectar a mis sentidos. Y otra vez ocurrió. Estaré alucinando. Y otra vez… Amén de considerarlo una teoría de locos creyó comprender lo que sucedía, su entorno era una especie de retina donde la luz se transforma; después de todo se hallaba dentro de un ojo. Así que las imágenes percibidas no eran más que una interpretación fotosensible de esa realidad fuera del contenido de la cavidad ocular. Siempre deseó experimentar cómo otros veían la vida pasando por encima de las generalizaciones biológicas o los supuestos psicológicos.
Decidió focalizar su atención la próxima vez. Y de nuevo… Ante él apareció un paisaje que le resultó familiar. Había una playa de aguas rojizas y un muelle a medio construir, arena y huellas de pies que avanzaban en el mismo sentido. Pronto la imagen se desvaneció formando un espectro de humo azul plateado. -Hasta ahora nada interesante-. Siguió rastreando los impulsos eléctricos, otorgándole sentidos. Los organizaba mentalmente y construía una recreación propia del mundo de afuera.
Se trata ahora de un árbol- observaba. Lo curioso no era el árbol en sí sino esas venas carmelitosas que dibujaban autopistas en el tronco por donde fluía la sabia directo al duramen o corazón y de ahí al resto de las partes. La corteza traslúcida hacía visible los anillos; por la cuenta el señor debería tener unos 50 años. -Sufriste un poco en la vida compadre-. La estrechez de algunos aros evidenciaba años de dificultades y pobre alimentación. Las hojas no eran todas iguales, de hecho había extremidades allí que nada tenían que ver con el organismo. -¿Y eso qué es?- Un cordón de estrechos tallos trenzados se enroscaba en el cuello del árbol, asfixiándolo, -pueden escucharse los lamentos-; pero al aventurero, es cierto, le fallaban los sentidos, aquello más que llanto parecía una sonrisa, el dolor satisfacción, y el intento de homicidio un abrazo. Maltratado como estaba el árbol vivía a plenitud siendo devorado lentamente por ese parásito verde que le hacía compañía.
El aventurero volvió la mirada hacia otro destello de luz, consternado por la cruel experiencia que aseguraba haber visto. Frente a él una colonia de hormigas. -Esto es genial-. Formadas en largas hileras, con sus antenas en ángulos y su estructura en tres secciones, un grupo de obreras entregaba ofrendas de comida a lo que parecían sus deidades: las reinas, otras tres de su especie, obesas y aladas, con el triple de sus tamaños. Mientras tanto la entrada al asentamiento era vigilada por soldados, todas hembras. Los machos tenían una sola función, fecundar a las monarcas. Ni voz ni voto en esa sociedad de feminismo exacerbado. -Qué utopía para el homo sapiens. 
Los no tan diminutos insectos entraban y salían a prisa de aquella oquedad situada sobre una superficie con textura familiar. Solo les digo que podía verse su interior como si estuviera envuelto en piel transparente. El árbol de extraña madera volvía a ser hospedero de otras vidas.
Disipada la escena se levantaba un nuevo telón. Aparecen dos criaturas semidesnudas con picos córneos sin dientes, apoyadas en dos paticas y con primitivas alas. Apenas podían moverse y los dedos se les enganchaban en las imperfecciones de las ramas secas que componían las paredes y el piso de su hogar.  Volando llegó hasta el nido un ave adulta, tragó en cuatro tiempos una culebra moribunda y regurgitó el manjar ante los pichones. –Fascinante-. Algunas partes del reptil, ya descuartizado y semidigerido, brincaban en un último intento por sobrevivir. En ese empeño, una de ellas rodó por cierta enredadera parasítica hasta caer en la boca de un hormiguero. Bastaron pocos segundos para que nuevamente fuera devorada, esta vez por miembros de la realeza.  
Las imágenes aparecían ante el aventurero con más frecuencia y nitidez. Poco a poco incorporaba olores y sensaciones. En una ocasión, mientras llovía, sintió la humedad en su rostro y las gotas deslizándose por todo el cuerpo, penetrando la epidermis hasta enfriarlo por dentro. Gustoso aspiraba el incienso de tierra mojada y hundía sus pies en el fango.
Sin darse cuenta el aventurero olvidó la oscuridad que lo disimulaba. Todo era luz sobre aquel árbol que de mil maneras siempre terminó recreándose ante él. En cada visión otro detalle de lo mismo, y aunque le gustaba no entendía el porqué.  Siguió en la búsqueda de las particularidades dentro del singular conjunto vivo lleno de gajos, plumas y resina; simultáneamente, las hojas se le desprendían de la cabeza. Algo escapaba a la agudeza visual del aventurero y lo sabía, por eso la constante exploración. “¿Qué será, qué será?” Fue entonces cuando descubrió algo que creyó conocer desde hacía cincuenta años. Estaban allí, escondidos entre las ramas, incrustados en la madera, mirándolo todo, otros ojos; no tan lindos, no tan misteriosos, en los que tampoco se reflejaba…los suyos propios. 

 


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